EN LOS ZAPATOS DEL PÚBLICO

portrait-317041_640

Podríamos empezar este post haciendo alusión a un artículo anterior titulado “¿Qué es un cliente?”. Podríamos volver a formular la pregunta y reflexionar acerca del público, que es observador, cliente y lector. Y a veces se cansa de contenidos que se ríen de su inteligencia y de su sensibilidad.

En el marco de las iniciativas que pretenden “sensibilizar”, conectar con los sentimientos del público y crear intenciones y acciones, nos encontramos con estas propuestas:

1.Contenidos audiovisuales con una gran carga de violencia y/o sensaciones negativas. Aquí acordémonos de campañas sobre la pobreza o el maltrato animal, basadas en vídeos crudos, algunos incluso perversos, morbosos, que conectan con lo peor del ser humano y sin embargo, persiguen acciones positivas (afiliaciones, aportaciones económicas, cambios de conducta). ¿Cómo pretendes despertar acciones positivas a través de sensaciones negativas? ¿Generando indignación y rabia? No; la indignación y la rabia son pasajeras y además son emociones que nadie en su sano juicio desea recordar. Estos vídeos aturden, ennegrecen el día a día del público y a la larga desensibilizan. Háblame de las situaciones positivas y constructivas que puedo generar afiliándome, haciendo un donativo o cambiando mi conducta y querré participar. Háblame de situaciones negativas y, por mucha rabia que me generen –y precisamente por ese motivo-, querré olvidarlas. Todas las situaciones, por tristes o negativas que sean, contienen una doble lectura, una vuelta de hoja: entender y encontrar esa doble lectura marca la diferencia entre avanzar o solamente generar ruido.

2.Textos Críticos, con una gran carga de violencia y/o sensaciones negativas. Aquí acordémonos de las campañas de algunos veganos y animalistas que se dirigen al público desde el odio y el rencor. ¿Cómo pretendes generar un cambio insultando abiertamente a la persona a la que quieres cambiar? Si colocas tus argumentos y tu forma de vida por encima de los míos, me pondré a la defensiva; no te escucharé e intentaré hacer acopio de argumentos que te quiten “tu razón” a favor de “mi razón”. Si retratas mi comportamiento de manera objetiva, me haces partícipe de las circunstancias y las historias que se cruzan con las mías, y me enseñas el camino, podré seguirte, entendiendo que me aportas un cambio positivo: voy a ser mejor persona gracias a ese cambio.

3.Textos que pretenden despertar la sensibilidad a través de la “sensiblería”. Aquí no vamos a extendernos demasiado. Únicamente recordaremos que el público, que es observador, cliente y lector, y sobre todo, es “persona”, cuenta con su propia manera de recibir, entender y recordar las cosas. Tratar de estimular a una persona a través de adjetivos injustificables y situaciones maquilladas es como tratar de encender un coche diciendo “arranca”. El verbo “conectar” no se adjetiva. “Conectas” cuando describes desde la empatía -no desde tus propias sensaciones y sentimientos-, implicas al público y lo acompañas. Entonces ocurre “el milagro”, la llave encaja en el sitio adecuado y el coche se enciende.

Para acabar te animamos a leer este relato. Su intención es concienciar a las personas que consumen carne de manera irresponsable (al menos animarlas a que reduzcan el consumo y tomen consciencia de las circunstancias, las historias y los seres que se cruzan en su camino). Las situaciones descritas son objetivas; en ningún momento buscan criticar una actitud personal; sí un rol social, por ejemplo, que son cosas distintas. Creemos que para conectar con el adulto, en muchos casos, debemos despertar al niño que llevamos dentro.

A veces nos dejamos llevar por la marabunta, perdemos principios e ilusiones porque olvidamos al niño que llevamos dentro.

Que disfrutes del relato.

CARLA Y BLACK

En la tarde en que Carla eligió a Black los castaños dejaban caer sus hojas del color de un infierno taimado, sobre los caminos de barro y bajo un cielo también naranja. Cada movimiento, dentro del bosque y en los caminos, sonaba a chasquido de llamas. Una melancolía agresiva quemaba el recuerdo de aquello que fue verano y verde y azul y blanco y plácido. Y Carla, otro año igual, se puso a llorar frente a la ventana abierta en silencio, recordando la tarde exacta en la que su padre no regresó de su jornada de cacería.

Su madre la permitió llorar fingiendo atender a cualquier otra tarea.  Cuando lo creyó oportuno tocó a la puerta de la alcoba.

-La cabra de María parió anoche –dijo -. Son tres, y muy majos. Ahora iba a darme un paseo hasta la granja. ¿Te animas?

Carla se secó las lágrimas con disimulo y sin girarse asintió con la cabeza. Su madre se despidió con un vistetequeteesperoabajo. Después volvió a dejarla sola.

-Bueno, pero la dieta esa del melocotón sólo una vez en semana no puede funcionar, ¿no? Digo. Porque no tiene sentido ninguno.

-Pues a mi amiga sí le funciona.

-Pues posiblemente haga también otra cosa.

-Me encantan las mujeres. Cada vez que las sacas a cenar y se juntan acaban hablando de dietas.

-Sí, eso es verdad. Pero después comen como cochinas. Y sin remordimientos.

Los comensales se callaron dos segundos. Expresaron un extraño agradecimiento altivo al camarero que colocaba en la mesa el último plato.

Fue entonces cuando Carla pensó que su corta edad no era excusa; no podía olvidar que su madre tapaba su dolor todos los días, intentaba que ella no llorase de esa manera, durante demasiado tiempo, ni en otoño ni en ningún otro momento. Porque la vida sigue, tal y como decía la abuela, y los vivos, de cualquier forma, tienen que sentirse dichosos.

María, la dueña de la cabra y de los cabritos, también sabía que el nacimiento era una casualidad efectiva para invitar a la muerte a irse al olvido. Así que adecentó a los pequeños y los metió en un cesto antes de recibir a Carla.

-¡Dios! ¡Pero qué bonitos son!

La madre sonrió, se agachó para acariciarle el cabello y le susurró al oído: “anda, coge uno entre los brazos. Verás que sensación tan agradable”.

Y por asuntos de las casualidades y de lo que entienden los adultos como “buena fe”, Carla eligió a Black y Black, sin querer y sin saber nada, eligió a Carla.

-Si es que… Primero nos llaman gordas y nos mandan al gimnasio y después se quejan si nos negamos a cenar.

-Ya. Pero vosotras tampoco insistís mucho en aquello de comer ensalada.

-¡Claro! ¡No fastidies! Ya puestos…

-No, pero lo que verdaderamente me hace gracia a mí es la famosa sacarina después del postre.

-¡Cierto! Pero deja esa anécdota para el postre. Aún nos queda eso de ahí.

“Eso”, que en un primer momento fue reconocido como de gran calidad culinaria, iba enfriándose poco a poco mientras los comensales, con los estómagos ya repletos, continuaban charlando.

Aquella noche Carla se metió en la cama con ganas de despertar pronto, como hacía tantos y tantos viernes que no ocurría. Recordó que el día siguiente era sábado, no tendría que ir al colegio y podría pasar toda la mañana observando a Black.

-Lo llamaremos Black –anunció con euforia a la mañana siguiente.

-Dejará de ser negro en cuando crezca un poco más –explicó María.

Carla, totalmente absorta en la mirada profunda del animal, se olvidó de escucharla.

El domingo también fue un día idóneo para despertar temprano. El lunes, un mal día para comenzar las jornadas de clases. Y las tardes siguientes, también furiosamente melancólicas, abandonaron en el bosque, muy dentro, sus garras y sus dientes. Y por muchas y muchas semanas, la ventana abierta estuvo cerrada y seca de lágrimas silenciosas.

-Esta carne tiene demasiada grasa, ¿no?

-No empieces.

-No es grasa. Parece mentira. Es así la textura. Ya te vale. Con lo que ha costado el plato.

-Pues para ti solo.

“Eso”; la carne, con o sin grasa, continuó enfriándose sobre el mantel mientras los comensales alternaban risas con reproches socarrones. Parte de ella en una bandeja con detalles dorados, parte de ella en dos platos en los que después no deparó nadie, ni los interesados, ni los demás.

La mirada intensa de Black fue llenándose de algo parecido a la curiosidad. Pronto, los paseos por el exterior de la granja se convirtieron en un ejercicio constante de descubrimientos y Carla, que conservaba parte de su inocencia, que pretendía enseñar a Black, tal y como si fuese otro niño, tal y como sus padres, su padre, hizo con ella, aprendió sin querer y sin darse cuenta a regresar a la infancia perdida. “Mira, Black; eso es una mariposa. ¡Vamos a observarla!”. “Black, eso es una ortiga, si la hueles luego te escocerán los morros”. “Black, corre más deprisa”. “Black, ahora se hará de noche y tendremos que ir a dormir porque si no, no creceremos”.

-Quiero enseñar a Black a dar la patita, mamá –le dijo a su madre en una ocasión.

-No es un perro, cariño.

Y la conversación finalizó ahí. Sin pretensiones de aventurar nada y sin intenciones de destapar o vestir un futuro, quizás incierto verdaderamente; un mañana distinto a lo que por aquellos días era la vida: descubrir y dejarse llevar. Porque los vivos –así afirmaba la abuela- de cualquier forma tienen que sentirse dichosos.

-Bueno, ¿y el lunes qué? A comenzar dieta y gimnasio.

-¡Dejad de hablar de lo mismo! El tema se está volviendo tremendamente aburrido.

-El lunes a trabajar, que es lo que manda el calendario.

-¡Eso! ¿Al final compras Denor o no compras Denor? No hay quien te haga soltar prenda.

-¡Ya estamos! ¡Qué más os da! Si compro Denor volveremos a venir aquí para celebrarlo. Si no compro Denor también volveremos a venir aquí para celebrarlo.

Los comensales rieron estrepitosamente.

-Señores, no quisiera interrumpirles. ¿Puedo retirar ya?

La pregunta se resolvió con un breve gesto de manos. Los comensales ordenaron finalmente postres y cafés.

-Gente rica, gente del diablo -expresó luego un cocinero mientras observaba la carne fría y casi intacta.

-Llévatelo a casa si quieres -sugirió otro cocinero -. Apenas lo han tocado.

-Si me llevase a casa todos los platos sin tocar tendría que comprarme cuatro o cinco neveras más. Me sale más barato olvidar el asunto.

-Bueno, ya sabes que esto es así –concluyó otro cocinero sin levantar la vista de los flanes de huevo que estaba decorando con nata y fresas salvajes.

-¿Qué hace ese hombre, mamá? –preguntó Carla. – ¿Por qué mete a los cabritos en la furgoneta? ¿Dónde está Black?

Y luego llamó a Black a gritos. Y no quiso entrar en el corral para comprobar que efectivamente no estaba.

Su madre permitió que gritase, fingiendo verdadera atención a lo oscuro del cielo y a las amenazas de lluvia. Cuando lo creyó oportuno, tocó el hombro de Carla, se acuclilló y le susurró de frente: “Black también se va con ellos”.

El hombre que se llevó los cabritos arrancó el motor de la furgoneta, las nubes se rompieron en pedazos y el sonido de la lluvia se fundió con el llanto de los animales.

En la noche en que Arturo y Francisco transportaron a Black las farolas extendían sobre las aceras sombras tristes y cansadas. Una desesperanza seca esparcía sus cenizas sobre todo lo que fue sueño y después sueño lejano, después recuerdo. Los dos hombres, otro año igual, lanzaron sus ojos al horizonte, trayendo de vuelta las siluetas recortadas de los bosques a los que jamás regresaron, ni con sus mujeres, ni con sus hijos, ni con sus nietos.

El camión se detuvo en el vertedero. Luego las ratas supieron reagrupar los trozos de carne fría, escondidos como los secretos entre toneladas de desperdicios. Luego la luna se tornó más clara y luego la noche terminó de moverse, completamente, hacia otro lugar.

“Te veía tan contenta que no pude decirte nada”, le confesó la madre a Carla.

Carla se secó las lágrimas con gestos enérgicos, utilizando las mangas del jersey y pensando en ese instante que su madre era la persona más cruel del mundo.

Lo cierto es que desde aquel día no lloró más frente a la ventana abierta, ni el siguiente ni ningún otro otoño. Lo cierto también es que se prometió no ponerle otro nombre a ningún otro cabrito, ni enseñarle qué son las mariposas, ni las ortigas, ni el sabor de las castañas. Y lo cierto, a pesar de todo, y poco tiempo después, es que sí eligió a otro cabrito, después a otro y a otro y a otro, durante varios años. Otra vez volvió a malpensar de su madre y de María y del mundo. Otra vez, de cualquier forma, porque lo decía la abuela, o por no contar con más opciones posibles, a pesar de todo, desde aquel día y por tantos y tantos otoños, volvió a sentirse viva y dichosa: por compartir y por perder.

-Esta vez no nos dejes el cabrito para el final –le dijo un comensal al camarero.

-Es igual, por lo que se ve, comprar Denor te ha abierto el apetito.

-Sí, pero yo solo no puedo con todo.

-A mí es que la carne esta me sigue sin convencer.

-Estas mujeres… Encima que las sacas a cenar, se quejan siempre por todo.

El camarero inclinó la cabeza. Los comensales, como era de esperar, tan normalmente, continuaron riendo y charlando.

Texto: Judith Bosch. Imgeniuz.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s